Cultura | Granada

Sangre, atavismo, tragedia

La obra permanecerá en cartel en el teatro Alhambra hasta el 7 de marzo

Redacción GD

Poner en pie un clásico absoluto es algo fácil y difícil a la vez. Difícil porque el público está avisado, conoce la obra y espera una experiencia estética de elevada intensidad. Fácil porque un texto clásico posee mucha fuerza, y se abre camino incluso a través de la espesura de la actuación o el montaje más anodinos (ya contaba Borges que una desastrosa interpretación estudiantil de Macbeth llegó a arrancarle lágrimas). (Foto Rafa Simón)

La producción de Bodas de sangre realizado por el Centro Andaluz de Teatro en colaboración con el Centro Dramático Nacional ha abordado con valentía esta paradoja: no ha renunciado a ahondar en los rasgos más sobresalientes y profundos de la tragedia lorquiana, desechando la tentación de los montajes folklóricos y costumbristas, de éxito fácil pero alcance limitado, al mismo tiempo que ha sacado partido de un texto cuya belleza y precisión poética logran que vuele sin dificultad a poco que se declame con un mínimo de pundonor profesional. García Lorca pretendía con Bodas de sangre crear una tragedia en el sentido más clásico del término, y lo consigue: en ella reverberan ecos de Shakespeare y, sobre todo, de los trágicos griegos, sobre todo Antígona, que aparece presente en la diferencia casi ontológica que se establece en la obra entre el mundo femenino —intimidad, duelo y costumbre— y el masculino —violencia, honor y ley—. Además, Lorca capta también con su intuición genial la esencia que subyace en la tragedia clásica: la aparente inevitabilidad de la muerte violenta (casi siempre en forma de venganza) aunque en realidad ésta se desencadene por atavismo, por la obstinación de creerse los protagonistas sometidos a un destino fatal que, por eso mismo, se realiza (la obcecación del héroe trágico, representado en este caso por la madre, que no olvida ni perdona).
         Bodas de Sangre            Autor: Federico García Lorca. Director: José Carlos Plaza. Centro Andaluz de Teatro en coproducción con el Centro Dramático Nacional.

 Para integrar la obra en esta corriente trágica a la que pertenece, el CAT ha buscado unos vestuarios neutros, bastos, de cierta reminiscencia arcaica y “griega”, y un escenario rocoso, agrietado, primitivo y, sin embargo, también neutro, que servía tanto para interiores como exteriores. Asimismo, ha convertido casi todas las partes en verso en canciones, que es lo que realmente son, y las escenas corales de la obra en números de canto y danza, remitiendo muy acertadamente a lo que de ritual y espectáculo tuvo la tragedia en sus orígenes, algo que Lorca buscó deliberadamente reflejar. Así se consiguieron momentos de gran altura dramática y emoción, como todo el cuadro la boda, las palabras de presagio funesto de la anciana en el bosque, o el encuentro final entre la madre y la novia. Otros aspectos, por el contrario, resultaron más irregulares: así los movimientos bruscos de los actores —algo que ya parece inevitable en la escena contemporánea—: empujones, asimientos de rostro, carreras, que conferían un dramatismo forzado a algunas escenas (por ejemplo el dúo de amor entre Leonardo y la novia en el bosque); o algunos problemas técnicos o escenográficos, como la música, que podía llegar a tapar la declamación de los actores, o toda la escena de la Luna que, con un actor con lucecitas por todo el cuerpo arrastrándose por una viga y a pique de caerse, sencillamente, no funcionaba.

Con todo, el balance de la obra es positivo: había fuerza, verdad y altura de miras. Se salía del teatro con la sensación de haber visto un clásico, no un sucedáneo. El público —peor educado que de costumbre, con abundancia de toses, ruidos y cuchicheos— aplaudió con una calidez superior a la media en el Alhambra. De todas formas, al final a uno le queda la duda de qué es lo que le gusta: si la obra que está viendo o la obra ideal, platónica, que preexiste en el recuerdo lector y que la representación, como en un sortilegio, convoca y actualiza.


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