Cultura | Granada
Que no se acabe nunca este Instante
Éxito de crítica y público del ciclo Los veranos del corral
José Manuel Ruiz Martínez
La propuesta de la compañía granadina Teatro para un instante para la temporada de este año de Los veranos del corral ha incidido en dos de las características más destacables de este grupo: su versatilidad y la apuesta por la creación y consolidación de un repertorio estable. Frente a la tendencia habitual de las compañías de quemar proyectos como etapas que se sustituyeran unas a otras, en Teatro para un instante parecen conscientes de que son las generaciones de espectadores las que pasan, no así el Teatro, y de que para ellas la experiencia de ver una obra es siempre nueva, aparte de que los espectadores veteranos pueden disfrutar más de una vez con un mismo clásico. Por lo demás, apostar por un repertorio no implica hacer siempre lo mismo: los montajes se pulen, se revisan, se modifican y, por supuesto, se añaden nuevas obras.
El presente verano del corral se ha sustentado en tres obras fundamentales, tres clásicos, que han ido sucediéndose, en rotación, durante todo agosto: La tragicomedia de Don Cristóbal y la señá Rosita, de Lorca, Entremeses de Cervantes (a partir de El viejo celoso y La cueva de Salamanca) y La venganza de don Mendo de Muñoz Seca. Aunque aparentemente de muy diversa naturaleza, tienen en común, por supuesto, el ser comedias. Después, la oportunidad de verlos seguidos, hace aflorar los nexos de unión que poseen: la malcasada, el marido burlado, o las astucias de las mujeres, todo para hablar, burla burlando, de la hipocresía social, de la necesidad hecha virtud, de cierta tristeza que subyace tras la risa (y viceversa) y, siempre, de la libertad. De esta forma, lo que a primera vista parecía un ciclo un tanto arbitrario se confirma como una genuina reflexión en tres actos sobre el ser de la comedia como género en España.
Lo primero que hay que destacar del ciclo es el notable grado de apropiación por parte de la compañía del lugar de representación, del Corral: el aprovechamiento escénico de una alhóndiga del siglo XIV donde en el XVI ya se representaban comedias, el inteligente uso de los distintos pisos y balcones (como se hacía realmente durante el Siglo de Oro en los corrales de comedias), adaptado a las necesidades propias de cada obra -ya sea teatrito de guiñol con cortinas, callejón oscuro o fronda donde esconderse-, es sin duda uno de los grandes logros de la compañía. Quizá habría que decir que es una justa correspondencia al privilegio de contar con semejante teatro. Se notaba que los actores se encontraban allí a gusto, tan cerca del público, como si realmente el aura del lugar los alentara. Durante los Entremeses uno podía, de repente, sentir la emoción de ver representada una obra de Cervantes en el lugar donde verosímilmente se hubiera llevado a cabo entonces: mirando alternativamente a los actores caracterizados como paisanos del siglo XVII y a los espectadores del siglo XXI disfrutando y riéndose, con el corral como marco y nexo de ambas épocas, podía percibirse un estremecimiento de cultura viva, real, encarnada, sucediéndose a través de los siglos: como ver una obra maestra en la iglesia o palacio para la que se concibió y no en la pared de un museo.
El otro gran acierto del ciclo ha sido la música. Integrar la música en cada obra (otra de las constantes del grupo) aporta a los montajes de Teatro para un instante una espectacularidad esencial más allá de los textos que casa muy bien con las tres obras: con la de Lorca porque, de hecho, ésta constituye desde su mismo planteamiento un intento de superación del teatro realista de corte burgués -y la música refuerza su carácter de farsa-; con el espíritu de los entremeses, en cuanto interludios populares que formaban parte de un espectáculo mayor y en el que había cantos y bailes; y con una obra como La venganza de don Mendo, que, aparte de ser íntegra en verso, incluye canciones y momentos abiertamente musicales.
Los actores -quizá, según ya hemos apuntado antes, motivados por la magia del Corral- han estado especialmente acertados. Irradiaban frescura, inspiración y vis cómica. El nivel general ha sido tan bueno, a la hora, por ejemplo, de recitar el verso con propiedad o de realizar alguna caracterización especialmente cómica, que sería injusto particularizar: qué tentación la de citar los papeles más vistosos para omitir injustamente el imprescindible andamiaje de los secundarios. El mejor ejemplo de esto ha sido La tragicomedia: en una propuesta escénica tan compleja -sin duda, una de las cumbres de Teatro para un instante-, con un planteamiento de grupo sumamente ambicioso, coreográfico (casi operístico) en el que los actores tienen que moverse como marionetas (guardando un equilibrio difícil entre lo mecánico y lo vivo), impresionaba de veras ver los números de conjunto, con diversas figuras sobre un escenario principal inclinado, más otras en los balcones a modo de guiñoles perfectamente sincronizados y cantando en directo.
Por último, es imposible no aludir a la imaginación y versatilidad, que parecen inagotables, de Teatro para un instante y de su director, Miguel Serrano, para la puesta en escena. Hemos hablado ya de la magistral solución escénica para La tragicomedia, una obra pensada originalmente para guiñol: al convertir a los actores en una suerte de marionetas liberadas de sus hilos, se está incidiendo en el carácter antirrealista de la obra, en el propósito original de Lorca al recurrir a las marionetas – parejo al del teatro europeo del momento- de subrayar el artificio mismo del teatro en lugar de intentar esconderlo. También cabe aludir a lo ingenioso de enlazar dos entremeses independientes por la sencilla fórmula de hacer, de los dos protagonistas, vecinos (asumiendo así respectivamente el papel de secundarios en el otro entremés), o de los recursos empleados para economizar escénicamente o actualizar el Don Mendo; aquí, sin duda, la puesta en escena del tercer acto (un campamento militar) mediante cartas de la baraja -cuya sota de oros aparece como hilarante personaje real- es otra de las grandes inspiraciones. Entre los peros cabría aludir a ciertos excesos cómicos en Don Mendo (como si la obra no fuera bastante cómica de por sí) pero, sobre todo, en los Entremeses, con los que se rompe el decoro cervantino -la desmesura innecesaria de virilidad literal del estudiante, por ejemplo-, y que no aportan nada a lo ya sugerente del texto. No obstante, a juzgar por las risas, al final parece que al público lo que más le divierte son este tipo de cosas; en ese contexto, se entiende que a veces la tentación del chiste (o el gag) fácil, posiblemente improvisado en el momento, sea difícil de superar; el riesgo es romper el delicado equilibrio entre diversión y rigor que caracteriza a la compañía.
Frente a la tendencia a entender la cultura como algo faraónico, exclusivo y espectacular en el peor sentido del término, resulta reconfortante saber que existe una cultura cotidiana, pensada para las necesidades reales del día a día (por ejemplo para el verano), que apenas sale en los medios de comunicación, pero que al final constituye el verdadero esqueleto y pulso cultural de una ciudad; también reconforta saber que hay personas dispuestas a trabajar para que funcione. Esperemos este Instante no se acabe nunca.
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Propongo a Ruiz Martínez como ministro de cultura, pero del año 55, cuando los montajes de Serrano ya parecerían rancios. Por favor, señores de GD, cambien ya de “crítico” de teatro, que huele a naftalina
Quisiera preguntarle a Teatro Contemporaneo por los montajes que ha visto de Serrano este verano, y en qué los encuentra rancios. Porque yo los he visto todos, y coincido con los tres catedráticos de la UGR que el día 2 de Septiembre calificaron de geniales las propuestas.
Teatro Contemporáneo: en el 55 no había ministerio de cultura. Documéntate antes de hacer chistes malos.
amigo contemporaneo, (sin teatro, por notorias razones) eperamos todos los aficionados granadinos, seguir recibiendo sus magistrales lecciones de dramaturgia y puesta en escena, así como ver estrenado algun espectáculo que vd. dirija, eso si, sin ninguna subvención, asumiendo integramente el riesgo económico y comercial.
en espera impaciente de sus novedades, un saludo: el oso.