Cultura | Granada

Negro cañí

Vuelve el humor al Teatro Alhambra

José Manuel Ruiz Martínez

Se ha escribido un crimen, como su nombre ya apunta, se trata de una obra humorística donde se parodian los clichés de la ficción detectivesca y, en particular, los de la llamada novela negra norteamericana y sus variantes actuales en forma de películas o series sobre policías.

Foto: Rafael Simón

Se ha escribido un crimen. Teatroz y La Trapería. Dirección: Juanma Lara


A continuación tendría que escribir que se trata de una obra sin más pretensión que la de hacer reír y entretener, si no fuera porque decir esto ha acabado por tener casi siempre en este contexto un matiz peyorativo más o menos involuntario, y suele aducirse bien como excusa para justificar lo pobre de la propuesta, bien como aviso claro al espectador de que no va a encontrar en la obra nada raro, que frustre sus expectativas o que lo haga pensar demasiado. No este el caso: es verdad que el espectador no va a encontrar nada incómodo o trascendente en la obra y que ésta, efectivamente, pretende tan sólo hacer reír de forma amable; pero no hay aquí matiz peyorativo o denigrante: la obra busca divertir, en efecto, sin pretensiones ni culpabilidad —y por suerte no trata de justificar dicho fin mediante ninguna moralina o artificio compensatorios—, pero tampoco renuncia por ello a un montaje escénico sofisticado e ingenioso, y a desarrollar una suerte de trama o discurso teatral correctamente articulado, que, si bien es episódico, trasciende la sucesión de chistes o de gags.

De este modo, la obra va pasando por todos los estadios característicos de una trama policiaca (el crimen, la recogida inicial de pistas en el lugar de éste, la autopsia, la reconstrucción de hechos, el interrogatorio…) y los va parodiando mediante la contraposición entre lo que debería haber, esto es, el cliché preestablecido y reconocible que proporcionan las ficciones policiacas, y lo que de hecho se nos presenta, que es su imitación chapucera (el tópico de lo nacional intentando remedar cutremente a lo extranjero) con toques de humor absurdo —que en ocasiones llega a extremos realmente sorprendentes, como cuando, tras llamar a la puerta para un interrogatorio, los policías se encuentran que de la casa sale un paso de Semana Santa. Desde el punto de vista escénico, los distintos lugares se iban componiendo gracias a una ingeniosa estructura en forma de biombo, una de cuyas caras representaba lo externo (fachadas, la calle), y la otra lo interno (las distintas salas), y que, según se abriera o cerrara, creaba el espacio. En general, la puesta en escena fue compleja y elaborada, y, por cierto, no exenta de algún fallo técnico, como algunas descoordinaciones de la voz en off, o problemas en ocasiones para oír a los actores.

Es cierto que la obra no presentaba un planteamiento original: el género negro se ha parodiado mucho —desde Agárralo como puedas a Los hombres de Paco— y, desde ese punto de vista, algunas situaciones eran incluso previsibles. Sin embargo, los chistes concretos eran ingeniosos, funcionaban casi todos, y además fueron servidos por actores verdaderamente divertidos y que sabían sacarle partido a las distintas situaciones. También hubo interacción con el público (sobre todo al principio de la obra), pero sin abusar del recurso a avergonzar al elegido, sino de una forma más natural en relación al desarrollo de la trama.

Por ser el día del teatro se leyó antes de comenzar la obra un manifiesto que, con la excusa de la lamentable situación de guerra que vivimos, pretendía convertir el teatro en terapia o catequesis con la que propagar el diálogo y la paz en un mundo que se convertiría así, por fin y gracias a las artes escénicas, en políticamente correcto. Artaud todavía debe de estar revolviéndose en su tumba.


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