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La privacidad atraviesa tiempos difíciles

Recibe constantes ataques no sólo externos, sino también desde las propias personas que deberían defenderla, los más interesados, nosotros mismos.

El derecho a la intimidad es un tema que damos por sentado y, sin embargo, es más complejo de lo que podríamos imaginar. Para poder dar un mínimo de garantías existen leyes como la LOPD (Ley Oficial de Protección de Datos) y a todos nos suenan campanas cuando escuchamos hablar de la lucha para conseguir el olvido en Internet ante la dificultad que supone borrar nuestras huellas digitales en la Red. No parece sencillo en un mundo interconectado conseguir pasar absolutamente desapercibido y que no se filtre ninguna información sobre nosotros en cualquier medio. Incluso hay quienes aseveran que es un ejercicio de salud internáutica buscarse de vez en cuando en Google para comprobar qué información ofrece sobre nosotros el buscador más utilizado en el mundo en caso que alguien quiera buscarnos. La privacidad está en jaque y no parece que haya mucho podamos hacer para mantenerla. O que puedan hacer desde las altas esferas. Quizás incluso esas altas esferas pongan en juego sus recursos para que esta dificultad en mantener nuestra intimidad siga funcionando.

Por poner un ejemplo, estas cámaras de vigilancia pueden servir para mantener la seguridad y vigilar espacios que no es conveniente dejar abandonados a su suerte. Sin embargo cabría plantearse si la información que recaban durante su tarea pudiera ser utilizado para obtener datos e información que excedan la función original para la que fueron diseñadas. A algún lector avezado le puede venir a la mente sugerir que de cámaras similares se han obtenido informaciones de vital importancia para resolver crímenes, algunos de ellos muy mediáticos. A raíz de argumentos de este tipo se puede esgrimir que su utilidad está demostrada y que cualquier razonamiento que intente derivar en su descrédito está más sostenido por una actitud conspiranoica que por una lógica sólida. Pudiera ser. Incluso sin cámaras hemos estado sometidos al escrutinio del otro desde tiempos inmemoriales. En sociedades más pequeñas podía llegar a resultar imposible hacer algo sin que lo supieran el resto de los miembros de la comunidad. Entra dentro de lo razonable interpretar que eso del derecho a la privacidad es un invento bastante moderno.

Lo más curioso de todo esto reside en el hecho de las redes sociales. Mientras de una parte hay un interés por la privacidad, el olvido en Internet, la protección de datos y particulares semejantes, de otra hay millones de personas que actualizan a diario, casi compulsivamente, sus redes sociales. Evidentemente hablando de redes sociales también vienen a la mente recientes polémicas por declaraciones en Twitter, o personas que han sido localizadas tras su desaparición investigando sus contactos en Facebook, o como estas han sido de utilidad a las fuerzas de seguridad del Estado para encontrar terroristas en potencia. Claramente, cuando utilizamos estas herramientas quedamos expuestos sin remedio a la mirada del otro. Y el usuario lo sabe, incluso se jacta de ello. Un amplio porcentaje de lo que se publica en las redes sociales es una especie de autopublicidad en la que todos intentan crear su marca personal de un modo u otro. Nada como los viejos blogs, esos precursores casi olvidados de esta fiebre que azota Internet. En ellos sí que se podían encontrar pequeñas joyas llenas de información relevante y datos de utilidad. Por suerte, no todo está perdido y siguen existiendo maravillas como este blog de viajes, lleno de sugerencias sobre dónde podemos ir a escaparnos, aunque sea unos días, de toda esta locura. Intenten no publicarlo luego ni airearlo en las redes sociales.

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