Cultura
actuó el pasado fin de semana en el Teatro Alhambra
José María Pou vuelve a Granada con una soberbia lección interpretativa
martes, 09/02/2010 09:37
Enviar Imprimir José Manuel Ruiz Martínez
Su seguro servidor, Orson Welles —frase con la que el genial y polifacético director despedía su programa radiofónico— nos presenta una jornada de trabajo de éste, justo la del día en que cumple 70 años, cuando aún tiene que estar frente a un micrófono utilizando su voz portentosa, si bien ya algo cascada, para grabar cuñas de radio para que subsistir, al tiempo que trata de conseguir infructuosamente por teléfono financiación para su adaptación al cine de su D. Quijote, y, sobre todo, se abstrae (de cara al público) y rememora alguno de los momentos más notables de su vida, para desesperación de un joven técnico de sonido que lo acompaña en el trabajo. Este es el artificio que utiliza el autor de la obra para desarrollar un monólogo (el papel del técnico es meramente instrumental y sirve para introducir pausas o dar el pie para un cambio de tema) a partir de la vida de Orson Welles, como podía haberse inventado un Welles en su lecho de muerte ante un interlocutor o atrapados ambos por una nevada en el aeropuerto.
En cuanto monólogo, la obra es un ejercicio de lucimiento de José María Pou, que se transforma de manera prodigiosa en Welles (caracterizado con la barba, el puro, y una barriga que imaginamos postiza): avejenta el timbre de la voz y se mueve, orondo, solemne y cansado por el escenario; ora tiene arranques de ira atrabiliaria, ora momentos de bonhomía sanguínea y jovial; pero, sobre todo, cabe destacar su dicción perfecta y electrizante: es el soberbio trabajo que hace con la voz el que nos va conduciendo de forma persuasiva y verosímil a través de las más sabrosas anécdotas de una de las vidas más apasionantes del pasado siglo, que el espectador no duda en ningún momento estar escuchando de boca del mismísimo Orson Welles: su súbita ascensión como niño prodigio de Hollywood; su fracaso posterior, que lo conducirá a dirigir a Europa; su matrimonio con Rita Hayworth; la persecución a la que se ve sometido por el hombre más influyente del momento, el magnate Randolph Hearst tras el estreno de Ciudadano Kane; su pasión por España y los toros; su no menos apasionada denuncia de la discriminación racial (fue el primero en dirigir un montaje de Macbeth en Harlem realizado exlcusivamente por negros), que le costó su expulsión de un programa de radio por la cruda denuncia quer realizó de la tortura policial de un ex-militar negro... José María Pou emplea cada vez la entonación óptima, y remeda, por ejemplo, un tono de locutor radiofónico, acerado y persuasivo, para leer el alegato contra el policía torturador, o sobrecoge al espectador con la emoción y el lirismo que consigue imprimir a su lectura de un relato de Isak Dinesen (amor platónico de Welles); todo ello —recuerdos contados y recuerdos recreados como en flashback— punteado por la prosaica actividad de la lectura de las cuñas radiofónicas, que realiza como un auténtico profesional de la locución publicitaria.
En definitiva: puede decirse que la obra es José María Pou, y difícilmente puede pensarse fuera de su interpretación. De hecho, este es su principal problema: como obra resulta algo plana, poco literaria, por ende poco dramática: constituye un trabajo de documentación por parte del autor, una suerte de documental dramatizado, que, si no termina de aburrir en ocasiones al espectador, es por el trabajo de Pou. El único intento de manipulación literaria del material interesante es la inserción recurrente de fragmentos de El Quijote, que Pou/Welles declama, evocativo, en algunos moemntos de la obra y que muestran, por un lado, la obsesión del director en ese momento, pero que por otro vienen a subrayar, en un guiño intertextual muy bien traído, la derrota del empeño de Welles, literalmente quijotesco, de la adaptación del clásico, y por último también la intuición de la derrota final de su vida, de toda vida, por plena que haya sido, y la identificación de Orson Welles con el propio Don Quijote en su ambición y sus sueños desmedidos, si bien se produzca la paradoja de tener el director las hechuras y el talante de Sancho Panza.
Su seguro servidor, José María Pou Su seguro servidor, Orson Welles.
>Autor: Richard France.
Versión y dirección de Esteve Riambau.
Coproducción del Teatre Romea, Stage Door, y Grec '08 Festival de Barcelona









