Cultura

Arranca la temporada en el teatro Alhambra

Harold Pinter o la deconstrucción de la familia

martes, 20/10/2009 09:02

 Enviar Imprimir  José Manuel Ruiz/Foto R Simón

Con un planteamiento escénico tradicional y un empleo vanguardista y demoledor del texto, Harold Pinter revela en Regreso al hogar el reverso inquietante, reprimido y terrible de las relaciones familiares.

 

 

 

 

 Regreso al hogar. Teatro Español y Centre d’Arts Escèniques de Reus. Autor: Harold Pinter (Traducción de Eduardo Mendoza). Dirección: Ferran Madico.

La breve nota de explicación de la Academia Sueca sobre los motivos para concederle el Premio Nobel de Literatura a Harold Pinter en 2005 —tres años antes de su fallecimiento— constituye una excelente clave explicativa de la obra Regreso al hogar. Dice la Academia que en las obras de Pinter “se descubre el precipicio bajo la irrelevancia cotidiana y las fuerzas que entran en confrontación en las habitaciones cerradas”, y eso es exactamente lo que sucede en la que nos ocupa. Ésta discurre toda ella en el desvencijado salón de una casa londinense donde vive un atrabiliario anciano viudo —una especie de Fiódor Karamázov— con su hermano y con dos de sus hijos; un día reciben la visita del tercero —doctor en Filosofía, el único que ha conseguido “ser algo” en la vida— y de su esposa, que viven en los Estados Unidos. A partir de aquí, el espectador desprevenido podría estar esperando un drama convencional, de “cuarta pared”; no obstante, gracias a la maestría de Pinter en el manejo del lenguaje, se topa con una desasosegante muestra de “teatro del absurdo” donde los personajes hablan entre sí sin entenderse, al tiempo que se realizan proposiciones inverosímiles e inquietantes que conducen a final tan terrible como incoherente. Si bien la revolución vanguardista del teatro en el siglo XX ha ido sobre todo encaminada a la destrucción del textocentrismo, con propuestas en las que primaba la expresión corporal y la ausencia de referentes de la realidad, Regreso al hogar nos demuestra que es posible también (y quizá resulte mucho más eficaz en su intento de transgresión) justamente la fórmula contraria: subvertir lo establecido sólo desde el texto, respetando las convenciones de la puesta en escena y la interpretación; así el espectador cae con mayor facilidad en la trampa en la medida en que se crea unas expectativas iniciales que luego se ven frustradas de manera violenta, mientras que los andamios, los mimos, los gritos o los volatines pueden convertirse en una nueva convención esperable (como así ocurre, de hecho).

 

El propósito último de Pinter es mostrar el reverso tenebroso de la familia —la “célula de la sociedad”— y mostrar cómo ésta se sustenta en buena medida en una serie de convenciones admitidas (como que es fuente de amor, seguridad, gratuidad, confianza, diálogo), que no son sino los mimbres con los que cada cual elabora lo que Freud denominó “la novela familiar”, esto es: el relato coherente e idealizado de las propias relaciones familiares con el que pretende barnizarse su posible sinsentido y sus componentes inquietantes (odios reprimidos, envidias, incomunicación y todo lo no dicho). Y la técnica de Pinter para lograr esto resulta tan brillante como eficaz: poner en boca de los personajes ambos discursos, el convencional y el reprimido de manera simultánea, y mostrar, también en un mismo plano, las acciones que los acompañan. Así el padre puede alabar la memoria de la esposa fallecida y decir que era “la columna vertebral de la casa”, o pasar a llamarla furcia sin solución de continuidad (otro tanto hará, por ejemplo, con la nuera); o una discusión (¡entre adultos!) sobre quién se ha comido un bocadillo de queso desemboca en un elogio del hermano mayor como referencia y ejemplo de toda la familia; la sensación es de esperpento, sí, pero conlleva la revelación inquietante de que nuestras propias discusiones familiares a veces no son por asuntos mucho más importantes, o bien que éstos constituyen la punta del iceberg o el tropo (Freud de nuevo) sobre el que hemos proyectado la verdadera naturaleza (reprimida) de la pelea. Las acciones, como indicábamos, también presentan esta simultaneidad absurda: la nuera, en lugar de comenzar una relación ilícita con uno de los hermanos en una escena aparte del resto de personajes, creando de este modo una intriga convencional, se besará con él (y aun con el otro) en presencia de su marido, quien no muestra ninguna emoción al verla. El absurdo progresa, según decíamos, conforme avanza la obra hasta culminar en una proposición inconcebible (y sí, indecente), que tan sólo pone de manifiesto por la vía de lo grotesco el que ha sido el papel de no pocas mujeres en el seno de la familia convencional a lo largo de la historia: el de una suerte de prostitutas autorizadas, a cambio de techo y manutención.

 

La propuesta escénica es magnífica: el escenario constituye una representación hiperrealista de una casa británica, con diversas puertas practicables, incluyendo una escalera, practicable también, que conduciría a los dormitorios y la iluminación es capaz de recrear incluso la ilusión de la luz natural. La interpretación de los actores resulta notable, en un difícil equilibrio ente naturalismo y cierto grado de distanciamiento brechtiano, destacando la interpretación magistral del padre, Francesc Lucchetti, que va a más conforme se desarrolla la obra hasta llegar a un clímax patético. Un comienzo de temporada excelente.

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