Cultura | Granada
El teatro Alhambra, en fiestas
Humor platónico
José Manuel Ruiz Martínez
Humor platónico es un espectáculo cómico a partir de algunas referencias mitológicas (Faetón, el juicio de Paris o las relaciones entre ninfas y sátiros) realizado mediante la fórmula más característica del humorismo español: la del dúo cómico que se alterna/complementa en los chistes y que va desde Tip y Coll a Los Morancos; de hecho, en este caso se trataba de una mezcla del modo de hacer de ambas parejas, con momentos de humor más o menos absurdo combinados con los típicos chistes levemente zafios de continua referencia venérea o genital.
Humor platónico. Guión: Antonio Blanco y Malaje solo. Dirección, Síndrome Clown.
La cuestión se complementaba con el hecho de que los humoristas sacaban a gente del público para ayudarlos a representar las distintas situaciones, aprovechando para ridiculizarla amablemente, al estilo de los espectáculos de las salas de fiestas: le pusieron pelucas, cascos, barbas postizas; le hacían decir algo para regañarle a continuación por hacer eso mismo justamente…. (Ni que decir tiene que los elegidos se prestaron dócilmente a ello.)
Eso era todo. No había nada más, o poco más. Los actores eran muy buenos en lo suyo, tenían mucha gracia, sabían improvisar e hicieron reír a un público que se lo pasó bien. En el prospecto de presentación dice que la compañía trata de eludir el tópico del andaluz gracioso. Esto da que pensar, porque el actor que llevaba la voz cantante, por acento, modos, e incluso temas, adoptaba justamente un rol muy parecido al del andaluz gracioso. Cuáles sean los límites entre una encarnación legítima de una supuesta “gracia andaluza” (¿El Sevilla, Manu, Malaje solo?) y su censurable estereotipación, y quién reparte los certificados de autenticidad es algo que habría que elucidar.
La obra, en conclusión, era buena en su género. La cuestión de fondo es qué hace en la programación regular del Alhambra. Se trataba más bien del típico espectáculo amable propio del Corpus o de un programa de variedades emitido por Canal Sur, con la salvedad de una mayor solvencia escénica. De hecho, una parte del público parecía haber venido justo después de asistir a la grabación de un programa de Juan y Medio, incluidas dos o tres señoras que se reían a voces viniera a cuento o no, y que comentaban lo obvio en voz alta (“verás que se cae”, “cucha, cucha lo que hace”) y a las que otros espectadores tuvieron que pedir silencio más de una vez. Algún chiste con cierto vuelo apenas si recibía el eco de alguna risa pero, eso sí, era aludir los actores a la entrepierna y se producía una carcajada estrepitosa… Se ve que el público estaba avisado de lo que iba a ver —y también otros espectadores habituales de la temporada, que por eso no vinieron— y este crítico desprevenido, no.
Soy consciente de lo anacrónico que es traer a cuento el discurso apocalíptico (en la acepción que Umberto Eco dio al término: el lamento por la decadencia de una cultura “difícil” y de calidad): la cultura en la sociedad de masas es entretenimiento y espectáculo —porque es industria cultural, es decir, negocio— y los espacios culturales, las propias compañías teatrales, son polivalentes. Es lo que hay. Pero creo también que la coherencia en su programación es lo que confiere a un teatro su identidad, y la apuesta por educar el gusto del público (labor que el teatro Alhambra viene realizando no sin éxito) la garantía para su supervivencia.
Tweet

