Cultura | Granada
El teatro a escena
'La función por hacer', de Miguel del Arco
José Manuel Ruiz Martínez
La función por hacer es una adaptación libre del clásico de Pirandello Seis personajes en busca de autor. En ella se produce un choque metateatral entre una obra que comienza a representarse y la irrupción en ésta de un grupo de personas al poco de haber comenzado, al que los actores principales afirman no conocer, y así se lo hacen saber al público —incluso le piden disculpas—, indicando que se está interrumpiendo la función, e intentando echar a los intrusos.
Éstos se presentan como personajes de un drama a quienes el autor abandonó al dejar éste inconcluso y que buscan, para poder vivir, ser encarnados en escena: contar su historia. A partir de esta premisa tan sugestiva, se inicia un juego teatral en el que poner en escena la convención de que se están rompiendo las convenciones genera una sugestiva reflexión sobre el teatro mismo y sobre las relaciones entre ficción y realidad, en una línea que, llegando al citado Pirandello, puede remontarse, en el teatro, a la idea —Shakespeare, Calderón— del mundo como un gran escenario donde cada uno representa su papel, o también, en narrativa, a Niebla de Unamuno, obra en la que los personajes cobran vida al margen del autor y se encaran con él.
La obra comienza, y los espectadores se instalan en ella, siguen el diálogo inicial de una joven pareja, se divierten con la comicidad de la situación (muy bien llevada por los dos actores): acceden de grado a la sugestión de que lo que está sucediendo es real. De repente, los citados personajes irrumpen en escena y entonces el espectador debe redefinir esa sugestión: ahora debe creer que realmente la función ha sido interrumpida por unos extraños, que además ni siquiera son personas reales. En un momento dado en el que uno de los actores “originales” insta al público a irse si lo desea y a reclamar su dinero puesto que la función se ha echado a perder (y nadie se va, por supuesto), dice una frase reveladora: “el público se lo traga todo”. Hay ahí un doble significado: el de que es cierto que el público actual es más educado o timorato, y no va a protestar ante una obra mediocre o fraudulenta, pero también el hecho de que el público suspende la incredulidad desde el instante en que comienza una obra, y está dispuesto a creerse voluntariamente todo lo que suceda.
Al final, los personajes consiguen el permiso para contar su historia —un sórdido drama de adulterio y crimen, despachado por la actriz “original”, no sin razón, como una historia de tantas como pueden verse en los peores programas de sucesos de la televisión— , hasta que dicha historia acaba fascinando a los dos actores que se han visto interrumpidos (que piensan incluso en representarla), y se entiende que a los espectadores mismos, aunque en principio no fuera lo que habían venido a ver. Es en esta situación cuando los actores “reales” y los personajes “ficticios” se interpelan mutuamente y dialogan sobre las consistencias respectivas de su ser en el mundo, sobre la inevitabilidad o perdurabilidad de unos (los personajes de ficción, que viven para siempre, pero siempre condenados a hacer los mismo) frente a la libertad y finitud de los otros (los seres humanos reales, que pueden enmendar su futuro, pero que mueren y caen en el olvido); también sobre el teatro, sobre la necesidad de que la vida de los personajes se encarne en actores reales que la actualicen en cada función aunque esto suponga desvirtuarla…
Pero, sobre todo, la obra es una representación del acto mismo de representar, de la fascinación que ejerce la mímesis en el espectador y de sus consecuencias. Por una parte, en la obra hay un continuo exigir al éste que rompa con la ilusión, un recordarle que lo que está viendo no es cierto, a la manera del distanciamiento bretchiano; por ejemplo, cuando el personaje-personaje de la “madre” profiere un grito desgarrador —que deja a los espectadores mudos—, y entonces el personaje-actriz se ríe admirada y comenta: “guau, pedazo de grito, ¿cómo lo haces?”; o incluso en el clímax mismo de la obra, cuando otro de los personajes-personajes, en plena enajenación, asesina a un bebé —hijo de su hermano y su mujer, que lo han engañado—, y el personaje-actor, del mismo modo, comenta admirado y risueño la calidad de la escena… Y, sin embargo, el poder de la representación vuelve a atrapar una y otra vez al espectador. La mayor prueba es que, incluso cuando los personajes-personajes actúan para mostrar su drama, y lo hacen ante los actores-personaje, que en este caso se suman como público al público ya existente, y por tanto se muestra el artificio escénico en toda su evidencia, la fuerza de la escena consigue que nos olvidemos de nuevo del engaño para sumergimos en la turbia historia que representan.
En definitiva, se trata de una propuesta que, sin ser nueva, no deja de ser siempre interesante y necesaria. En este caso, además, está llevada a cabo con brío, inteligencia y sentido escénico, aun cuando no siempre es fácil conjugar un texto intelectualmente tan denso con la naturalidad necesaria para crear la ilusión de ruptura mencionada. Una obra que emociona y que hace pensar: sobre el arte, sobre la existencia, y sobre la frontera que las separa, la del proscenio, y cómo su delimitación es más frágil de lo que parece.
La función por hacer. Teatro Kamikaze. Autor: Miguel del Arco y Aitor Tejada. Dirección: Miguel del Arco
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