Cultura | Granada

El poder de las palabras y las palabras del poder

Un clásico de Schiller en el Teatro Alhambra

José Manuel Ruiz Martínez

María Estuardo de Schiller nos cuenta el dilema de la reina Isabel I de Inglaterra sobre ratificar con su firma la sentencia de muerte de su prima María Estuardo -que ya ha sido juzgada y condenada por un tribunal- por conspirar para el asesinato de la soberana e intentar ocupar su puesto, o de si concederle el perdón aun a riesgo de que siga conspirando. Isabel oscila entre la tranquilidad que para su trono supondría la muerte de su prima y candidata a la sucesión -más el deseo de venganza, al haber María intentado atentar contra ella-, y la piedad natural hacia alguien de su misma sangre, preso y derrotado.

Junto a la reina, su consejo de estado, compuesto en la obra por tres nobles, que la presiona con su elocuencia para que tome una decisión en uno u otro sentido, según sus ideas pero también según sus intereses particulares. Sobre esta simple idea se construye toda la obra. Ésta se sustenta por tanto en la palabra: los personajes hablan, elocuentes, exponen sus razones, discuten y monologan, y sus discursos van generando un denso entramado de razones en el que el espectador apenas puede discernir si el que habla está siendo sincero o empleando la retórica y la mentira para su causa. En la red de discursos aflora en toda su complejidad el problema de la razón de estado, y parece ratificarse la afirmación de Francisco Ayala de que todo acto de poder constituye una usurpación.

Toda la obra gira en torno al personaje de la Reina Isabel I, protagonista indiscutible de la tragedia (si ésta se llama María Estuardo es porque dicho personaje constituye la materialización de su dilema como gobernante) quien, en el desarrollo de los acontecimientos, va mostrándose ora frívola, ora grave, angustiada, resuelta, arbitraria, débil, arrogante… pero incapaz de decidir: quiere obtener los beneficios del crimen pero eludir su responsabilidad. La obra consigue mostrar la soledad del poder: la reina, a la hora de la verdad, esto es, a la hora de decidir y arrostrar con la responsabilidad, siempre está sola. Y al final, sus decisiones llevan su soledad a un patético paroxismo.

En una obra en la que lo fundamental es la palabra, está claro que la labor principal es de los actores. En general éstos estuvieron bien ante un texto muy difícil, con diálogos y discursos complejos y de tono elevado (mejor cuanto más protagonistas, destacando la actriz que hacía de reina, y la Baronesa de Burleigh, severa noble obsesionada con la muerte de la Estuardo, muy bien caracterizada); también es preciso destacar la buena dicción general de todos ellos. Por lo que respecta a la puesta en escena, fue muy acertado el planteamiento atemporal y minimalista -un trono, una alfombra, un escabel- por lo dicho: porque se trata de una obra donde la absoluta protagonista es la palabra y las consecuencias reales sobre la vida y la muerte que puede desatar en un entorno de poder absoluto donde decir equivale a hacer. También por eso los otros elementos escénicos, sin estorbar, tampoco eran imprescindibles. Por una parte, las proyecciones que se realizaban al fondo del escenario, en algunas ocasiones podían resultar verdaderos hallazgos; así en el momento del suicidio del conspirador Sir Mortimer que, como manda la preceptiva clásica, se produce fuera de escena, pero que el espectador puede intuir a través de las imágenes proyectadas. En otras, resultaban innecesarias o demasiado ingenuas, como en el caso la tormenta.

Por otra parte, las cámaras que había en escena y que igualmente proyectaban en ocasiones imágenes de los personajes tomadas en directo de la actuación, si bien sugerían claramente el clima de vigilancia y conspiración, a la hora de la verdad tampoco reforzaban especialmente un mensaje que, como decimos, con la palabra quedaba bien claro. Un último acierto que destacar: que se aunara en una misma escena dos monólogos diferentes de dos personajes, que los dicen a un tiempo aun estando en planos espaciales distintos, porque es entonces cuando ambos estaban siendo sinceros; junto a ellos, en escena, los dos muertos de la obra, como gravitando sobre su angustia y su conciencia, como una ratificación de que la palabra tiene sus consecuencias.

En conclusión, estamos ante una obra densa, compleja, trágica -al personaje de Isabel I le pierde su hybris, su soberbia, sin ser estrictamente culpable- en un montaje que se compromete con ella y la sirve en toda su profundidad, con profesionalidad y solvencia, proporcionando al espectador momentos de reflexión y goce estético.


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