Cultura | Granada
Diálogos para besugos
El mejor teatro del absurdo en el alhambra
Redacción GD
Si tuviéramos qué explicar de qué trata Del maravilloso mundo de los animales: Los corderos no podríamos porque en realidad no va absolutamente sobre nada. Si bien desde el principio de se van desenvolviendo una serie de relaciones personales (padres, hijos, amantes, amigos, vecinos) que apuntan tímidas líneas de acción (abandonos, paternidades sospechosas) todo va siendo desmentido a cada paso por el verdadero protagonista de la obra: la conversación entre los personajes. Una conversación continua, imparable, que no sólo no sirve para comunicarse sino que, por el contrario, entroniza la confusión y el absurdo. 
Toda la obra, literalmente toda ella, es un continuo diálogo para besugos. Quizá los lectores de cierta edad recuerden aquéllos que con ese título escribía Armando Matías Guiu para la revista Mortadelo y que siempre comenzaban con un personaje que saludaba “buenos días” y otro que contestaba “buenas tardes” para, a continuación, desarrollar ambos una conversación absurda a fuerza de tomar una expresión figurada por literal, o de incurrir en cualquier otra forma de incomprensión de las características pragmáticas, contextuales, de un mensaje. Algo parecido ocurre en esta obra: los personajes hablan, pero lo hacen a través de frases hechas o expresiones huecas; nunca escuchan, no se preocupan lo más mínimo por tratar de comprender a los otros. El texto de Daniel Veronese, en la mejor tradición del teatro del absurdo, consigue de manera magistral generar un ritmo de acción, una sensación de avance en una trama conducente a un clímax pero todo ello sin apenas contenido. El mensaje está en la forma; la obra no habla sobre nada sino sobre la imposibilidad misma de hablar. El resultado es cómico, en ocasiones hasta provocar la carcajada, pero también capaz de dejar un poso de angustia en el espectador: porque, a poco que uno se para a pensarlo, no pocas de nuestras conversaciones cotidianas, de nuestras discusiones familiares, guardan un parecido inquietante con el absurdo diálogo de sordos que se desarrolla en escena: tan sólo varía el grado, la exageración (la lente de aumento de la que se vale el arte para mostrar mejor la realidad), y el hecho de estar fuera o dentro, ser personaje o espectador. Es precisamente uno de los personajes quien resume la cuestión en un momento dado, cuando dice: “¿pero desde cuándo dialogar ha servido para algo?”
Y una obra cuyo protagonista principal es el lenguaje, y donde los personajes fundamentalmente hablan, requiere de unos actores capaces de llevar a cabo el difícil trance de que aparezca como natural y verosímil lo que es completamente disparatado. Los actores de Histrión Teatro cumplen con creces: resultan absolutamente cotidianos y convincentes en su verborrea, no carecen de vis cómica, se mueven con naturalidad por el escenario y, cuando lo requiere la obra, también saben quedarse callados y mirarse fijamente hasta conseguir inquietar al espectador para, sin transición, hacerlo reír con una salida trivial o inverosímil.
Estamos, en conclusión, ante un texto, una propuesta teatral, brillante, moderna, verdaderamente atrevida y no carente de exigencia; de esas que, en un país donde buena parte de la res publica se dirime con pura palabrería superficial, con bullshit, y ninguna voluntad real de entendimiento (en todas las acepciones del término), permite que el espectador inteligente pueda pasar una hora de ese consuelo lúcido y alerta que proporciona el arte auténtico.
Del maravilloso mundo de los animales: Los corderos. Autor y director: Daniel Veronese. Histrión Teatro
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